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El sueño que hace soñar

Se cumplen, en este año 2024, los 200 años del momento en el que Juanito Bosco, nuestro Don Bosco, tuvo el sueño conocido de modo muy familiar en toda la Familia Salesiana del mundo como el sueño de los nueve años. Esta efeméride de los 200 años de un sueño condicionó, en todo, el modo de vivir y de pensar de Don Bosco. Y, en particular, el modo de sentir la presencia de Dios en la vida de cada uno y en la historia del mundo.

Así es, hace 200 años Juanito Bosco tuvo un sueño que lo «marcaría» por toda la vida, es decir, un sueño que dejaría en él un signo indeleble, hasta el punto de entender ¡solamente al final de su vida!, todo lo que aquel sueño significó.

He aquí la narración de don Bosco: “Me   pareció   encontrarme   en   una   extensa   llanura   cubierta   por   un   número incontable de jóvenes. Unos reñían, otros blasfemaban. Aquí se robaba, allí se faltaba a la modestia. Una nube de piedras, lanzadas por bandos que se hacían la guerra, volaba por los aires. Eran muchachos abandonados por sus padres y de costumbres corrompidas. Estaba ya a punto de irme de allí, cuando vi a mi lado una Señora que me dijo: -Métete entre esos jóvenes y actúa. Me metí, pero ¿qué hacer? No había sitio donde colocar a ninguno; quería hacerles el bien: me dirigía a   personas   que   estaban   mirando   desde   lejos   y   que   habían   podido   ayudarme mucho, pero nadie me hacía caso y ninguno me ayudaba. Me volví entonces a aquella Señora, la cual me dijo: -Aquí tienes un sitio; y me señaló un prado. »-Pero aquí, dije yo, no hay más que un prado. Ella   respondió:   -Mi   Hijo   y   los   Apóstoles   no   tenían   un   palmo   de   tierra   donde apoyar   la   cabeza.   Empecé   a   trabajar   en   aquel   prado, aconsejaba, predicaba, confesaba; pero veía que mi esfuerzo resultaba inútil para la mayoría, si no se encontraba un sitio cercado y con locales donde recogerlos y donde albergar a algunos totalmente abandonados por sus padres, desechados y despreciados por todo el mundo. Entonces aquella Señora me llevó un poco más hacia allá, hacia el norte, y   me dijo:  -¡Mira!  Y   vi una iglesia pequeña y   baja, un patio chiquito y muchos jóvenes. Reemprendí mi labor. Pero, resultando ya estrecha esa iglesia, recurrí de nuevo a Ella, y me mostró otra iglesia bastante más grande y con una casa   al   lado.   Me   llevó   después   un   poco   más   allá, hasta   un   trozo   de   terreno cultivado, casi frente a la fachada de la segunda iglesia. Y añadió: -En este lugar, donde los gloriosos mártires de Turín Adventor y Octavio sufrieron su martirio, sobre   esta   tierra   bañada   y   santificada   con   su   sangre, quiero   que   Dios   sea honrado de modo especialísimo. Y así diciendo, adelantó un pie hasta ponerlo en el punto exacto donde tuvo lugar el martirio. Y me lo indicó con precisión. Quería yo poner una señal para encontrarlo cuando volviese por allí, pero no encontré nada:   ni   un   palito, ni   una   piedra; con   todo, lo   fijé   en   la   memoria   con   toda exactitud. Corresponde exactamente al ángulo interior de la capilla de los Santos Mártires, antes   llamada   de   Santa   Ana, del   lado   del   Evangelio   de   la   iglesia   de María Auxiliadora. Mientras tanto, yo me veía rodeado de un número inmenso, siempre en aumento, de jóvenes; y mirando a la Señora, crecían los medios y el local; y vi, después, una grandísima iglesia, precisamente en el lugar en donde me había hecho ver que acaeció el martirio de los Santos de la legión Tebea, con muchos edificios alrededor y con un hermoso monumento en el medio. Mientras   sucedía   todo   esto, siempre   soñando, tenía   como   colaboradores sacerdotes que me ayudaban en un principio, pero que después huían. Buscaba con grandes trabajos atraérmelos, y ellos se iban poco después y me dejaban solo. Entonces me volví de nuevo a aquella Señora, la cual me dijo: – ¿Quieres saber cómo hacer para que no se te vayan más? Toma esta cinta y átasela a su cabeza. Tomé con reverencia la cinta blanca de su mano y vi que sobre ella estaba escrita una palabra: obediencia. Ensayé enseguida lo que la Señora me indicó y comencé a   ceñir   la   cabeza   de   algunos   de   mis   colaboradores   voluntarios   con   la   cinta   y pronto vi un cambio grande y en verdad sorprendente. Este cambio se hacía cada vez más patente, según iba cumpliendo el consejo que se me había dado, ya que aquellos   dieron   de   lado   el   deseo   de   irse   a   otra   parte   y   se   quedaron, al   fin, conmigo. Así se constituyó la Sociedad Salesiana. Vi, además, muchas   otras   cosas   que   no   es   ahora   el   caso   de   manifestároslas (parece que aludía a grandes acontecimientos futuros). Baste decir que, desde aquel   tiempo, yo   caminaba   siempre   sobre   seguro; lo   mismo   respecto   a   los Oratorios, que, respecto a la Congregación, y sobre el modo de relacionarme con toda suerte de autoridades. Las grandes dificultades que habrán de sobrevenir, están todas previstas, y sé cómo hay que superarlas. Veo clarísimamente, con todo detalle, cuanto nos ha de suceder y marcho hacia adelante a plena luz. Fue precisamente después de haber visto iglesias, casas, patios, muchachos, clérigos y   sacerdotes   que   me   ayudaban   y   la   manera   de   llevarlo   todo   adelante   cuando empecé a hablar de todas esas cosas y a contarlas como si fueran realidad. Y por eso, muchos creían que yo disparataba y me tenían por loco». De   aquí, pues, partía   su   inquebrantable   fe   en   el   feliz   éxito   de   su   misión, su temeraria   seguridad   para   afrontar   toda   clase   de   obstáculos, para   lanzarse   a empresas   colosales,  superiores   a   toda   fuerza   humana   y   conducirlas   a   feliz término».

 

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En el siguiente vídeo, nos lo presentan los alumnos y alumnas de Infantil:

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